miércoles, 19 de octubre de 2011

Perdido en el templo.

Como una sombra se deslizaba entre aquellas sucias y ruinosas estructuras. Era evidente que dada la poca luz, quizás debería ya ir pensándome lo de buscar una antorcha o algo. Cada vez se volvía más surrealista la situación, y todo tomaba un tono de una aparente paz que lo único que era capaz de transmitirme era una horrible tensión. Nervios.
Tras estar dando vueltas por aquellas estancias, buscando a ese "ente", por llamarlo de alguna forma, decidí parar, e intentar hacer una especie de plano mental en el que pudiese hallar de algún modo la forma de salir de esas silenciosas e inquietantes galerías del templo.

Me fatigué y me frustré, pero se me vino a la cabeza algo que quizás podría ser la cura contra el veneno que me era hostil, y rápidamente, me apuré para llevarlo a cabo.
Mi idea consistía en permanecer inmóvil allí sentado, probando algunas de las técnicas que ya aprendí en Mileto hacía algunos años atrás acerca de la concentración y la autoexploración del alma.
Yo sabía que todo lo que oí la otra vez era cierto, porque no estoy loco. No lo estoy.

Todas las imágenes que recreaban a los maquiavélicos dioses cada vez parecían más bizarras, como si hubiesen tornado sus expresiones de júbilo y triunfo hacia ira y furia indiscriminada.
Noté de nuevo un gran escalofrío que me recorrió toda la columna vertebral:

-Adelphos -susurró de nuevo aquella voz de rasgos débiles - Has venido a buscar lo que no encontrarás. Tú eres aquello que trata de encontrar fuera lo que tiene dentro. El imperio está cayendo en la guerra, y tú te dedicas a tratar de hablar con algo o con alguien que te de la solución de todo. Lamentablemente, eso no existe, como de hecho puede ocurrir conmigo, que puedo ser realmente lo que crees que soy, o simplemente, un objeto de tu imaginación.
Primero, búscate a ti mismo, busca en tu ser, en lo más profundo, y luego, piensa si realmente todo lo que viste en el palacio del Rey Minos tiene algo que ver conmigo, el dios del tiempo.

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